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Tirarse de la cima, escupir la zanahoria

Tirarse de la cima, escupir la zanahoria

Conforme doy título al artículo: “Tirarse de la cima”, me arrepiento. No me gusta. No explica lo que quiero decir. O sí que lo hace, explica la idea, pero la deja incompleta. A mitad de artículo lo redondeo, lo cierro con lo de la zanahoria, ahora sí.


Tirarse de la cima, escupir la zanahoria

       Es indudable que todos tenemos objetivos, metas. La cuestión es si estas las hemos fijado nosotros o nos vienen impuestas, o, lo que es peor: si tenemos por deseos propios lo socialmente establecido, unos falsos anhelos impuestos, el manual del triunfador.

 

       No es difícil darse cuenta de que nos encontramos inmersos en una espiral poderosa y eficaz. Un laberinto de difícil salida. Un remolino del que es complicado escapar, ya que la fuerza de succión es constante, ni disminuye ni descansa.

 

       Desde bien temprano nos sitúan frente a una escalera. Incontables los peldaños, solo alcanzamos a ver media docena por encima de nuestros ojos. El resto los imaginamos luminosos. Me saltaré los primeros que, aunque pueriles e inocentes, engendran la base necesaria para no cejar en el ascenso (el niño a inglés, al tenis, a ballet, a interpretación, a informática…). Casi está mal visto el tiempo libre en un niño. Estas actividades, de amplio éxito comercial, se fundamentan en el principio básico de nuestra sociedad: la comparación. De la que surge con naturalidad la competitividad. De forma inconsciente y sin mucho esfuerzo ya tenemos el embrión bien regadito.

 

       ¿Habéis visto alguna vez al profesor de inglés de la academia de turno, hablar con acento de Cambridge a los padres del retoño una vez acaba la clase, en plena calle? «Llés, llés», responden los progenitores llevándose de la mano a la criatura, para confesarse unos metros más allá: «Manolo, tenemos que aprender a decir algo», a lo que el crío, sonriendo burlón, especifica: «something».

 

       A partir de ahí, todo va a la carrera y pasa fugaz. Con escasas excepciones, se sigue un plan trazado hasta que, sin darnos cuenta, volamos en solitario. Y pasan los años, todavía más veloces. De repente, un día despertamos raros y miramos hacia abajo. Ya no vemos el suelo, tantos escalones subidos. A derecha e izquierda el vacío de lo desconocido. Debemos continuar ascendiendo, es lo único que nos han enseñado, por lo que ni nos planteamos lo contrario. Una zanahoria nos espera en el siguiente peldaño.

 

       De pronto, algo sucede: la zanahoria ya no sabe bien, tierra en el paladar. La frotamos en la pernera, la miramos, aparentemente limpia. Otro bocado. Arenisca en la garganta, un sabor amargo que no se va, que se extiende hacia las tripas, que queman.

 

       Parado en ese pequeño espacio, miras al vacío y escuchas. Nada abajo, otra zanahoria un poco más arriba. La observas confiado. Esa te quitará el mal sabor, la desagradable sensación que dejó la anterior, sin duda equivocada en su función. Te esfuerzas y subes. Este tramo te ha costado. Tomas la zanahoria, se ve apetitosa, turgente y brillante. La frotas entre las manos, rascas con la uña en las hendiduras de su piel. La dejas limpia, impoluta. El primer bocado es cementoso, peor que el de antes, tierra grumosa y sucia. No puede ser. Incrédulo, la devoras sin importarte la amargura, recordando su pretérito sabor: refrescante, dulce, delicioso, satisfactorio, que no aparece.

 

       Miras hacia arriba. Ahí hay otra, más espléndida que ninguna. Brillante como un farol te reclama. Te afanas y comienzas el ascenso, quizás pasen años hasta alcanzarla. Por fin en tus manos, la miras: magnífica, nunca habías visto una igual. Te preparas y la muerdes, ¡puaj! Más desagradable que nunca, te araña el paladar y lo hiere. Su paso por la garganta te tortura, te arde el estómago.

 

       Vuelves a mirar a los lados. No ves nada. Te sientas, cierras los ojos y te duermes. Esa noche sueñas. Un niño, un huerto, y su abuelo cavando patatas: «Mete la azada. Así, ¿ves?, para no romperlas». De vuelta a casa, una peseta de caramelos. Esos no saben a tierra, te dices, mientras los comes uno tras otro. Y entonces despiertas, con la media zanahoria en la mano, mascándola, ahora sí, placenteramente. Ya sabe bien, piensas, y te levantas para seguir ascendiendo y das otro bocado. Entonces, la tierra, la arena, el barro y el ardor regresan. Te detienes. Con la boca llena sonríes, después te ríes, te carcajeas y piensas que para alcanzar la cima, no hay que mirar precisamente hacia arriba. Feliz, escupes la zanahoria y te tiras de la cima, aprendida la última lección de tu abuelo.


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